Razones indeclinables me han hecho salir a las calles, a resolver asuntos que no se pueden resolver por teléfono ni por las redes.

Esta salida se produce en el contexto de la apertura gradual de las actividades económicas en todo el país, lo cual era impostergable.

Los negocios que estaban previstos abrir a las 9 de la mañana, ya estaban abiertos a las 8. A esto se suma el que las filas de clientes eran largas.

Hay los que llevan sus mascarillas y guantes, pero todavía hay muchos que no se están protegiendo. Tampoco se está guardando la distancia establecida entre uno y otro ciudadano. La gente sigue colocándose a muy corta distancia.

Es sabido por todos que el número de contagios se ha reducido. Temo, sin embargo, que la imprudencia de la gente, en este reinicio de las actividades económicas, va a dar paso a la etapa más peligrosa del coronavirus.

No por la peligrosidad del enemigo, que ya lo sabemos, sino por nuestra ingenuidad. Igual que siempre, seguimos rindiendo honor a la expresión de que el dominicano pone candado después que le roban.

La gente anda en las calles en un ambiente festivo, de alegría, como si el coronavirus fuera asunto del pasado. Pienso que esa cuerva que comenzó a bajar, volverá a recuperar sus alturas y a prolongar la meseta ya superada.

No hay que olvidar que estamos luchando contra un enemigo microscópico que, por demás, tiene una letalidad a mediano plazo. Se incuba y se va desarrollando de forma silente, hasta que encesta su canasto final.

¿Entonces hay que volver al encierro en los hogares? Claro que no. La reapertura gradual de los negocios es una necesidad, a fin de evitar el colapso económico.

Esta reapertura se hace bajo el supuesto de que hemos aprendido algunas lecciones del coronavirus y estamos en condiciones de enfrentarlo en las calles de forma proactiva.

No se trata de aprender a convivir con él virus, como dijo el presidente. Se trata de no huirle y enfrentarlo en su terreno. La actitud no debe ser huir de miedo y en forma pasiva. Al contrario, la actitud debe ser protegernos y, sin miedo, enfrentarlo en las calles.

Debemos recuperar nuestros espacios, a sabiendas de que este enemigo microscópico está ahí, dispuesto a contagiarnos. Pero ya sabemos cómo estar en el mismo terreno que él, protegernos, evitar el contagio, sin tener que huir.

Seamos inteligentes, recuperemos nuestros espacios, pero protegidos. Las mascarillas no han pasado de mora, lo mismo que los guantes, lavarse las manos, no tocarse la cara y, sobre todo, guardar la distancia prudente con los demás.

La advertencia ha sido hecha. No culpemos luego al gobierno por no haber hecho lo que teníamos que hacer. De aquí en adelante, el contagio con coronavirus, por activa o pasiva, es responsabilidad nuestra.

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