El coronavirus, a su paso por República Dominicana, sigue siendo tema de interés colectivo, no sólo para este país sino también para el mundo.

Sin embargo, como hecho noticioso, este virus tiene una existencia efímera. Esto es así, independiente de las personas que logre contagiar y las muertes que deje como secuela.

Esta pandemia, vista desde una perspectiva más amplia, es sólo el contexto o trasfondo de una realidad que representa un problema de mayor alcance. Se trata de la actual coyuntura política.

Curiosamente el problema político – electoral es minimizado y casi ignorado a nivel público. Incluso es abordado como si fuera un asunto saneado y felizmente cerrado.

Una lectura inteligente y entre – líneas del problema político – electoral, deja ver la gravedad y complejidad de lo que se está tejiendo, pero en los medios sólo se presentan poses maquilladas.

La campaña electoral, en medio de la gran tragedia del coronavirus continúa, quizás en menor grado, pero no se detiene. Desde luego, esta propaganda se lleva a cabo de manera sutil.

El coronavirus se ha convertido, actualmente, en ocasión para que muchos oportunistas se vendan como el padre Billini, modelos de altruismo y generosidad, aunque en el fondo son lobos disfrazados de ovejas.

Los ciudadanos casi no recuerdan los manejos indelicados de fondos, el enriquecimiento ilícito, el desfalco del Estado, las estafas, fraudes y engaños. Incluso la suspensión de las elecciones de febrero pasado se presenta como un hecho simple que se cerró con el informe de la OEA.

De nuevo se repite el Mito de la caverna de Platón donde los cavernarios miraban sus propias sombras reflejadas al fondo, pero ellos consideraban que se trataba de seres humanos reales.

Pocas personas perciben que, a primera vista, en el país nadie regula nada, ni pone límites a nada. Los de abajo irrespetan el toque de queda, pero los de arriba irrespetan las leyes y la constitución. Entonces no hay calidad moral para exigir.

Los partidos se tiran las cajas y los cajones y mientras se entretienen en el juego del pañuelo, las remesas se caen, lo mismo que la inversión extranjera. Las zonas francas están en su más mínima expresión.

El turismo, la inversión extranjera y la misma producción nacional se han caído, mientras tanto el estado gasta mucho dinero por lo de la pandemia, pero produce muy poco.

A pesar de eso el país no se prepara para amortiguar el gran golpe que obligatoriamente tendrá la economía. La administración pública no es asunto de magia.

Frente a este panorama, un poco sombrío, se impone la madurez y la mesura, la armonía en la convivencia social, el respeto y la capacidad de dialogar las diferencias.

Da la impresión que ninguno de los actores sociales está apostando a esta sana convivencia. Se necesita transparencia, honestidad e inteligencia emocional para lograr superar la presente crisis. No se trata sólo de comida y medicina.

Distinguidos líderes políticos, del gobierno y la oposición. La actual coyuntura exige unidad, comprensión e integración. Hace falta sacar a flote lo humano que hay en el corazón de cada dominicano.

Hay que dejar atrás la prepotencia, el orgullo, la humillación, la campaña sucia y el avasallamiento frente a los que están del otro lado de la acera.

El gran comercio debe dejar a un lado los oportunismos, dejar de acaparar para luego especular con los precios. El llamado va dirigido, de forma especial, a dueños de farmacias, almacenes y supermercados.

Distinguidas autoridades, cuidado con querer aprovechar esta tragedia humana para hacer sobrevaloración a través de los departamentos de compras y contrataciones.

Esta pandemia, y sus estragos en la sociedad, es ocasión para aprender grandes lecciones y cambiar el corazón humano. Vale la pena no dejar pasar esta oportunidad. ¡Que el coronavirus nos haga cambiar a todos para bien!

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