Nuevo líder del CPT afronta peligro de rebelión en Haití

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La asunción del empresario Laurent Saint-Cyr a la presidencia rotativa del Consejo Presidencial de Transición (CPT) de Haití, el jueves pasado, no es un simple cambio de guardia, sino el primer paso en un camino incierto y lleno de peligros en ese país.
Esto último significa que, al final de ese plazo, que expira en enero de 2026, lo que debe ocurrir en Haití es la celebración de elecciones generales libres, transparentes y democráticas.
La misión del Consejo que preside Laurent Saint-Cyr es, precisamente, crear las condiciones de seguridad y estabilidad necesarias para que ese proceso electoral pueda llevarse a cabo.
Elección de presidente y fin de mandato
El objetivo final del ente presidencial es que, una vez realizadas las elecciones, un nuevo presidente electo tome posesión, lo que pondría fin a su mandato colegiado y temporal en el Consejo y permitiría al país regresar a un orden constitucional legítimo.
El CPT fu creado para eso, para llenar el vacío de poder y allanar el camino para una transición democrática.
Pero, ¡ojo! La situación real en Haití no es para exceso de optimismo. No todo es color de rosa allí tras la inauguración de la presidencia de Saint-Cyr.
Este hombre acaba de asumir en un contexto de inestabilidad crónica, en el que el poder de las bandas armadas y la desconfianza institucional alcanzan niveles sin precedentes.
El principal desafío de Saint-Cyr, y la razón de ser del CPT, es claro: neutralizar el poder de las bandas armadas.
Dos escollos complicados para Laurent
Sin embargo, su capacidad para liderar esta misión se ve comprometida desde el inicio por dos escollos fundamentales que minan su legitimidad y su autoridad: La sombra de la corrupción y el desafío abierto de las bandas armadas.
El hecho de que su nombramiento esté “empañado por acusaciones de corrupción” es un asunto político devastador.
En un país donde la corrupción ha sido un factor clave en el debilitamiento de las instituciones, la percepción pública de que un líder puede ser parte del mismo sistema corrupto anula la confianza necesaria para exigir sacrificios y movilizar a la población.
Por eso, para Saint-Cyr, la primera batalla no será contra las bandas, sino contra la percepción de que podría estar contaminado por las mismas prácticas que han paralizado a Haití.
Si no logra disipar esta sombra, su llamado a la unidad y al diálogo caerá en oídos sordos.
Declaración de guerra de “Barbecue”
Su otro gravísimo problema es la amenaza directa del líder de pandillas Jimmy “Barbecue” Chérizier, que no es una simple intimidación, sino una declaración de guerra contra cualquier intento de restaurar el orden.
Esta amenaza es un reflejo de la audacia y el poder de los grupos armados que ya no se limitan a la criminalidad, sino que se han consolidado como un poder paralelo que desafía directamente al Estado.
Saint-Cyr debe interpretar esta amenaza de las bandas como un ultimátum, resumido así: o logra desmantelar su poder, o su presidencia será vista como un fracaso rotundo y una prueba más de que el Estado ha perdido el monopolio de la fuerza.
Para enfrentar este doble desafío, Saint-Cyr debe caminar en tres frentes bien vinculados.
Su primera acción debe estar dirigida a fortalecer la unidad dentro del CPT, porque un liderazgo fracturado no puede operar de manera contundente.
El Consejo, al ser un órgano colegiado, necesita un consenso para tomar las decisiones drásticas que la situación requiere, desde el nombramiento de un gabinete efectivo hasta la coordinación con las fuerzas internacionales.
Su propuesto diálogo con “todas las fuerzas vitales de la nación” es el único camino para construir una base de apoyo social y política que legitime sus acciones.
Por igual, su promesa de “abordar frontalmente la crisis” exige una acción militar y policial decisiva.
Justo el sábado último, tomó posesión Andre Jonas Valdimir Paraison como nuevo jefe de la Policía Nacional de Haití (PNH). Este oficial fue nombrado por el Consejo Presidencial de Transición, reemplazando a Normil Rameau.
Ya antes, Paraison se desempeñó como jefe de seguridad del Palacio Nacional de Haití, un puesto que ocupó durante seis años.
Su nombramiento se produce en un contexto de profunda inestabilidad y creciente violencia de las pandillas en Haití.
Asume el reto de restablecer la seguridad y recuperar el control del territorio bajo el dominio de grupos criminales.
El tiempo, el otro gran enemigo
La promesa de Laurent de “abordar frontalmente la crisis” implica no solo el fortalecimiento de la Policía, sino también una colaboración efectiva con la esperada fuerza de seguridad internacional.
Sin embargo, el tiempo es el enemigo. En cinco meses, el margen para entrenar y equipar a las fuerzas locales es limitado, lo que hace que la coordinación con la ayuda extranjera sea una variable crítica para el éxito.
Saint-Cyr, como empresario, parece entender que el poder de las bandas no es solo militar, sino también económico.
Atacar las “redes económicas” que las sostienen (con secuestros y extorsión) es una táctica inteligente.
Esto requiere inteligencia, cooperación internacional y una voluntad política firme para ir tras los actores, tanto dentro como fuera de Haití, que se benefician del caos.
De palabras bellas a hechos visibles
El éxito de Saint-Cyr dependerá de su habilidad para convertir sus “bellas palabras” en hechos visibles antes de que expire el plazo de enero de 2026.
Su presidencia es una carrera contra el reloj, con el peso de las acusaciones de corrupción sobre sus hombros y la amenaza de una guerra de bandas sin cuartel.
El fracaso de su gestión podría no solo significar un retroceso para el CPT, sino también la confirmación de que la transición por la vía política en Haití es un proyecto indefendible.
Esperemos hasta enero. Ya falta poco.




